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ALEKSANDR
PUSHKIN
(1799-1837)
LA
DAMA DE PICAS
La
dama de picas significa malevolencia secreta.
Novísimo
tratado de cartomancia
Parte I
Y
en los días de lluvia se solían reunir a menudo.
Y—¡que
Dios les perdone!—
apostaban
a cien la jugada.
Y
a veces ganaban,
apuntaban
con tiza las deudas.
De
este modo ocupaban, en los días de lluvia, su tiempo.
Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov
jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara;
se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado
comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos
con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se animó y
todos tomaron parte en ella.
—¿Qué
has hecho, Surin?—preguntó el amo de la casa.
—Perder,
como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las
apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de todos
modos sigo perdiendo!
—¿Y
alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una
carta?... Me asombra tu firmeza...
—¡Pues
ahí tenéis a Guermann!—dijo uno de los presentes señalando a un joven
oficial de ingenieros—. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las manos,
nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta
las cinco a mirar cómo jugamos!
—Me
atrae mucho el juego—dijo Guermann—, pero no estoy en condiciones de
sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.
—Guermann
es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! —observó Tomski—. Pero si hay
alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.
—¿Cómo?,
¿quién?—exclamaron los contertulios.
—¡No
me entra en la cabeza —prosiguió Tomski—, cómo puede ser que mi abuela no
juegue!
—¿Qué
tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? —dijo Narúmov.
—¿Pero
no sabéis nada de ella?
—¡
No! ¡ De verdad, nada!
—¿No?
Pues, escuchad:
«Debéis saber
que mi abuela, hará unos sesenta años, vivió en París e hizo allí auténtico
furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus moscovite; Richelieu
estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se pega un tiro por la
crueldad con que ella lo trató.
«En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Cierta
vez, jugando en la corte, perdió bajo palabra con el duque de Orleáns no sé
qué suma inmensa. La abuela al llegar a casa, mientras se despegaba los
lunares de la cara y se desataba el miriñaque, le comunicó al abuelo que había
perdido en el juego y le mandó que se hiciera cargo de la deuda.
«Por cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una
especie de mayordomo de la abuela. La temía como al fuego y, sin embargo, al oír
la horrorosa suma, perdió los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras
mostrarle que en medio año se habían gastado medio millón y que ni su aldea
cercana a Moscú ni la de Saratov se encontraban en las afueras de París, se
negó en redondo a pagar. La abuela le dio un bofetón y se acostó sola en señal
de enojo.
«Al día siguiente mandó llamar a su marido con la
esperanza de que el castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró
incólume. Por primera vez en su vida la abuela accedió a entrar en razón y a
dar explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dignó a demostrarle que había
deudas y deudas, como había diferencia entre un príncipe y un carretero. ¡Pero
ni modo! ¡El abuelo se había sublevado y seguía en sus trece! La abuela no
sabía qué hacer.
«Anna Fedótovna era amiga íntima de un hombre muy
notable. Habréis oído hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos
prodigios se cuentan. Como sabréis, se hacía pasar por el Judío errante, por
el inventor del elixir de la vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas más.
La gente se reía de él tomándolo por un charlatán, y Casanova en sus
Memorias dice que era un espía. En cualquier caso, a pesar de todo el misterio
que lo envolvía, Saint-Germain tenía un aspecto muy distinguido y en sociedad
era una persona muy amable. La abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se
enfada cuando hablan de él sin el debido respeto, sabía que Saint-Germain podía
disponer de grandes sumas de dinero, y decidió recurrir a él. Le escribió
una nota en la que le pedía que viniera a verla de inmediato.
«El estrafalario viejo se presentó al punto y halló
a la dama sumida en una horrible pena. La mujer le describió el bárbaro
proceder de su marido en los tonos más negros, para acabar diciendo que
depositaba todas sus esperanzas en la amistad y en la amabilidad del francés.
«Saint-Germain
se quedó pensativo.
«—Yo
puedo proporcionarle esta suma—le dijo—, pero como sé que usted no se
sentiría tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querría yo abrumarla con
nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su
deuda.
«—Pero,
mi querido conde—le dijo la abuela—, si le estoy diciendo que no tenemos
nada de dinero.
«—Ni
falta que le hace—replicó Saint-Germain—: tenga la bondad de escucharme.
«Y
entonces le descubrió un secreto por el cual cualquiera de nosotros daría lo
que fuera...
Los
jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa, dio una
bocanada y prosiguió su relato:
—Aquel
mismo día la abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine. El duque de
Orleáns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no haberle
satisfecho la deuda, para justificarse se inventó una pequeña historia y se
sentó enfrente apostando contra él. Eligió tres cartas, las colocó una tras
otra: ganó las tres manos y recuperó todo lo perdido.
—¡Por
casualidad!—dijo uno de los contertulios.
—¡Esto
es un cuento! —observó Guermann.
—¿No
serían cartas marcadas? —añadió un tercero.
—No
lo creo—respondió Tomski con aire grave.
—¡Cómo!—dijo
Narúmov—. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y hasta ahora
no te has hecho con su cabalística?
—¡Qué
más quisiera!—replicó Tomski—. La abuela tuvo cuatro hijos, entre ellos a
mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los cuatro
les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco a mí,
conocerlo.
«Pero oíd lo que me contó mi tío el conde Iván
Ilich, asegurándome por su honor la veracidad de la historia. El difunto
Chaplitski—el mismo que murió en la miseria después de haber despilfarrado
sus millones—, cierta vez en su juventud y, si no recuerdo mal, con Zórich,
perdió cerca de trescientos mil rublos. El hombre estaba desesperado. La
abuela, que siempre había sido muy severa con las travesuras de los jóvenes,
esta vez parece que se apiadó de Chaplitski. Le dio tres cartas para que las
apostara una tras otra y le hizo jurar que ya no jugaría nunca más.
Chaplitski se presentó ante su ganador; se pusieron a jugar. Chaplitski apostó
a su primera carta cincuenta mil y ganó; hizo un pároli y lo dobló en la
siguiente jugada, y así saldó su deuda y aún salió ganado...
«Pero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos
cuarto.
En
efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.
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