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RENE
F.A. SULLY-PRUDHOMME
(1839
– 1907)
UNA CITA
En este oculto y regalado nido,
en
que estamos, mi vida, los dos solos,
¡cuál
dulce es olvidarnos de los hombres,
hallándose
tan próximos!
Para gozar de la hora fugitiva
está
de sobra el júbilo ruidoso;
no
hace falta el estrépito : bajemos,
para
hablarnos, el tono.
Temamos que su vuelo precipite
un
ademán, una palabra, un soplo;
que
un minuto perdamos del celeste
placer, que
huye tan pronto.
Para sentir que esa ventura es nuestra,
y
absorber y apurar su goces todos,
estrechémonos
trémulos y mudos
el uno junto
al otro.
Inmóviles, los párpados caídos,
imitemos
el místico reposo
de
las estatuas que en los templos yacen
sobre el mármol
mortuorio.
Con sus trajes de gala revestidos,
la
dama fiel, el paladín heroico,
cerradas
las pupilas y los labios,
descansan
silenciosos.
Unidos
por enlace más sagrado
que
los terrenos, quebradizos votos,
juntos
cual ellos, graves y tranquilos
durmámonos
nosotros.
No nos abrasan las sedientas fiebres
ni
el insaciable afán de un amor loco;
para
unir nuestras almas, no hacen falta
nuestros
labios ansiosos.
Ni a nuestro amor las fórmulas solemnes
para
trocarlo en culto obligatorio;
ni
siquiera hacen falta, para vernos
y adorarnos,
los ojos!
Juramentos de amarte no me pidas.
Te
amo: ¿qué más? No me
preguntes cómo.
Sin
juramentos vanos, disfrutemos
nuestro
inefable gozo.
Gustemos, con las blandas emociones
que
hacen brotar involuntario lloro,
la
ternura que endulza y diviniza
los dolores
más hondos.
En esta tregua plácida, el deseo
se
apaga; son ensueños melancólicos,
cual
la visión serena de la muerte,
los sueños
amorosos.
Pensamos asistir al fin del mundo.
El
universo, quebrantado y roto,
cual
náufrago bajel, tiembla, zozobra
y se hunde
poco a poco.
Del peso abrumador, ya nuestras almas
libres
están; anonadóse todo.
La
memoria se extingue, cual la nieve
que disuelve
sus copos.
Toda la vida, jubilosa o triste,
vemos
fugaz evaporarse en torno.
Para
los dos, encantadora mía,
queda el
amor: ¡él solo!
¡Amémonos en paz! Todo
está obscuro.
La
última antorcha, en el ambiente lóbrego
muere
también. Paréceme que
estamos
del sepulcro
en el fondo.
En el piélago inmenso de la sombra,
como
después del último sollozo,
hundámonos,
las manos enlazadas,
¡único
bien que adoro!
Ha mucho tiempo bajo tierra estamos.
¡Escucha!
¿No percibes rumor sordo?
Al
compás de los pasos, allá arriba,
tiembla el
suelo sonoro.
¡Mira! Cual banda lúgubre
de cuervos
que
arrastra el huracán vertiginoso
desaparecen
rápidas las noches
del pasado
remoto.
Y huye también de los alegres días
la
blanca imagen, como alado coro
de
albas cigüenas, que emprendiera el vuelo,
el vuelo sin
retorno!
Lejos del mundo, en que los dos sufrimos
de
sino hostil los ásperos enojos,
¿quién
a nuestros heridos corazones
da
tan dulce reposo?
No sé por qué aventura misteriosa
ambos
cerramos a la vez los ojos;
ni
en qué cielos estoy, ni cuánto dura
esta dicha
que logro.
Huyen de la memoria los sucesos
de
la vida anterior tristes o prósperos…….
Que
siempre te he querido: ese es el único
recuerdo que
atesoro.
¿Qué bienhechor nos deparó este asilo,
de
nuestro amor feliz tálamo y solio?
¿qué
himeneo triunfal puso tu mano
en
mi mano de esposo?
¿Qué importa? ¡Oh dulce enamorada mía!
durmámonos
tranquilos y dichosos,
para
una eternidad por fin unidos,
y por fin
los dos solos!
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